Por Romina Soler.
El gran maestro Vito Campanella nos recibe en su atelier en pleno centro porteño.
Amable y distendido, se entrega a una nota que sólo interrumpe dando algunas pinceladas a su última obra.
VC: Nací en Monopoli, un pueblo del sur de Italia. Cuando yo era niño mi padre tenía una librería y de eso vivíamos hasta que comenzó la Segunda Guerra Mundial y fue bombardeada. Había bombardeos todas las noches porque Monopoli era un puerto petrolero militar. Al terminar la guerra no había trabajo, y mis hermanos (cuatro varones y dos mujeres), decidieron venirse a Argentina que era el país del futuro y para mí lo sigue siendo. Yo me quedé dos años más, de gira bohemia por Europa. En el año 55 extrañando a la familia y por temor a ser llamado a las trincheras, porque estaba por venir otra guerra contra Yugoslavia por Trieste, decidí venir a Argentina. Llegue justo después de la Revolución Libertadora. Yo venía de Paris y aquí había un atraso terrible, que me perdone Perón, pero no había información y había mucha censura. Recuerdo que yo llegue con vaqueros, mocasines blancos y con melena mientras que la gente en la calle Florida estaba vestida con polainas. Al año siguiente cambio todo, los argentinos se pusieron al día porque empezó a entrar la información.
YM: Cómo fue se adaptó cuando vino a vivir a Argentina?
VC: Me fui adaptando de a poco, fue difícil. Para vivir trabaje en publicidad y estuve períodos cortos en Brasil y Perú. Tiempo después me casé en Buenos Aires y me quedé. Me considero parte del país. Durante años mande obras a salones nacionales e internacionales y realicé exposiciones, pero seguía trabajando en publicidad. Nunca deje de pintar, cuando trabajaba pintaba de noche y los sábados y domingos. En el año 1969 presente una muestra individual en la antigua galería Witcomb, que quedaba en la calle Florida, donde vendí toda mi obra expuesta; entonces largue todo, le dije basta a la publicidad y me dedique solo a la pintura. Primero pintaba en casa, cuando me fue un poco mejor alquile un atelier y luego lo compre. Hice toda una carrera acá, mi carrera es argentina, incluso el Senado me hizo un homenaje a los 50 años.
YM: Cuándo comenzó a pintar?
VC:Mi hermano y yo dormíamos en una habitación muy grande. Era que era viernes santo, toda mi familia era muy religiosa. Para que tengan una idea, mi abuela, que vivía con nosotros, ponía paños negros sobre los espejos, no nos dejaba escuchar la radio ni el gramófono, decía que esos días eran solo para orar. Yo tendría 7 u 8 años, y mi hermano que era mucho mayor que yo, iba al secundario, estaba haciendo unos dibujos y dejo sobre su mesa dos frascos de tinta china, una negra y otra roja. Yo agarré un pincelito que estaba por ahí y un poco influido por el entorno, me mande en una de las paredes blancas de la habitación un Cristo en la cruz rojo y negro, todo chorreado. Cuando terminé me fuí contento a jugar a la pelota.
Al rato sube mi abuela para hacer las camas, cuando de pronto vió el Cristo dibujado en la pared y empezó a gritar por la ventana “Miracolo, Miracolo”, empezaron a llegar las vecinas y se armó un revuelo, prendieron cirios y se arrodillaron a rezar debajo del Cristo. Cuando vuelvo de jugar a la pelota, encuentro toda ese gentío en mi casa y pensé que había pasado algo malo, que se había muerto alguien. Subo a mi cuarto y veo lo que estaba pasando, intento decirle a mi abuela que lo había hecho yo, pero me hacia cerrar la boca, hasta que le mostré mis manos llenas de tinta y la desilusión fue total. Al día siguiente mando a pasarle una mano de cal a la pared.
YM: ¿Quiénes fueron sus maestros?
VC: Comencé como autodidacta, luego trabajé con un viejo pintor del pueblo con quien hacíamos decoración, restauración de Iglesias, con él aprendí como a dorar a la hoja y retocar frescos, aprendí el oficio.
Un día el escultor G. Rossi me presentó a Giorgio De Chirico, que me recibió en su atelier y estuve casi dos años, fue un gran maestro y amigo. Más adelante comencé a ver reproducciones de Dalí, que se empieza a hacer conocido y me enamoro de su pintura. En 1953 me entero que Dalí se había instalado en Roma junto a su mujer Gala, para hacer una muestra en la capital italiana y otra en Venecia. Le insistí a De Chirico para qué me haga una carta de recomendación y gracias a esa carta Dalí me acepto como alumno en su taller.
YM: ¿Cómo fue el primer encuentro con Dalí?
VC: Apenas me recibió me pregunto si sabía que era el surrealismo, yo intente explicarle y de pronto me interrumpió y me dijo “No sabe nada, el surrealismo soy yo”. Le dije: Si, señor y me dijo se dice: “Si maestro”. Era muy soberbio, estuve en su taller 6 o 7 meses y terminamos muy mal después que le hice una pequeña crítica sobre uno de sus cuadros. Era una obra terminada que tenía luz desde la izquierda y a un objeto le dio luz de la derecha, debo habérselo dicho de mala manera, con toda la soberbia del alumno que le encuentra un defecto al maestro porque me sacó a patadas del taller, enojadísimo. Nunca más me quiso recibir.
YM: ¿Cómo era la relación de Gala y Dalí?
VC:Gala y Dalí tenían una relación madre e hijo. Gala era una mujer que le hizo de madre, de esposa, de amiga, de hija y de hermana. Pero a ella le gustaban los jovencitos. Yo me hice amigo de Gala.
YM: ¿Que aprendió de Dalí ?
VC: Lo que más aprendí con Dalí es a no ponerme delante de la obra, el se ponía delante de la obra era él y luego la obra. Se antepuso siendo un creador. Para mí, en cambio, esta primero la obra. A los grandes artistas de los conoce a través de sus obras, no por su vida sino por el mensaje que dejaron.
YM: ¿Como definiría su pintura?
VC: La definiría como “Campanella”. Tengo todas las influencias necesarias, tengo mezcla de Dali, de De Chirico, soy un enamorado de Carvaggio por el claroscuro trato de acercarme a su claroscuro. Pero la gente ve mi obra y dice “ese cuadro es de Campanella”, creo que he logrado un sello propio. Yo pongo en las telas mis sueños, soy un gran onírico.
YM: ¿Cómo surgió la idea de pintar la serie dedicada al “Martin Fierro” ?
VC: La primera vez que leí el Martin Fierro fue una traducción italiana que me pareció tan ridícula comenzaba asi “Qui me meto a cantare pizzicato la mandolina”, ponía la mandolina en lugar de la guitarra. Después leí otro Martin Fierro que me encantó y siempre me fue dando vueltas en la cabeza la idea de elaborarlo pero en ese momento Castagnino, Alonso y Berni habían hecho el Martin Fierro.
Un día me invitan a una estancia en La Pampa a pasear unos cuantos días, yo salía a pasear de noche, me prestaban el jeep, y me iba al medio del campo bajo la bóveda celeste. El campo era inmenso, tenían 10 hectáreas, tenían lugar para aterrizar una avioneta. En una de esas tantas excursiones veo un ranchito perdido, donde había un viejo que era el viejo Vizcacha, idéntico, que lo primero que me dijo cuando me vió fue “No tiene cigarrillos”, era un viejo barbudo, bombachudo. Ahí comenzo la idea de pintar el Martin Fierro y cuando llegue a Buenos Aires comencé a bocetar y a bocetar. En Israel me paso lo mismo, cuando llegue comencé a pintar la serie bíblica inspirado en ese viaje.
YM: ¿Cuando viaja lleva sus materiales de trabajo?
VC: En un período, cuando viajaba llevaba una libreta donde hacia apuntes pero ahora cuando me voy de viaje me quiero distraer, quiero cortar, así que ya no llevo nada, disfruto del viaje.
YM: ¿Cuál es su rutina de trabajo?
VC: Anteriormente yo era muy rutinario, trabajaba en el atelier entre 8 y 9 horas diarias. Se necesita mucho tiempo para elaborar una obra, cada una me lleva cerca de 100 horas de trabajo. Antes de empezar un cuadro tengo la imagen y luego intento con la mano esa imagen tan linda, plasmarla. Las obras grandes las bosquejo y después pido modelos en base a esos bosquejos. He realizado muchas series pero actualmente trabajo en lo que sale sin compromiso de serie.
YM: ¿Cuál es su relación con los premios María Guerrero del Teatro Nacional Cervantes?
VC: Conocí gente del Teatro Cervantes, me hice muy amigo de ellos y vi como hacían cosas por el teatro a todo pulmón. Yo creo que es uno de los mas lindos que hay en el mundo, y en ese momento pensé en apoyarlos instituyendo el premio al mecenazgo por el cual yo dono un trabajo mío por el trabajo de otra persona a favor del teatro. El primero que lo recibió fue a Alejandro Romay, que había donado el dinero para arreglar todos los baños del teatro, el primer homenaje fue a él. Cuando recibió el premio agarro el micrófono y estuvo una hora y media hablando, la gente no sabia que hacer porque había que entregar los premios. Hablo de su vida y se hizo propaganda. El último premio María Guerrero al mecenazgo se lo dieron al rey de España por su apoyo al teatro.
Romina Soler para Yell Magazine


qué sorpresa recibir en la revista digital una entrevista a un pintor que recuerdo por haberme “abducido” desde una vidriera: de reojo vi una de sus pinturas y quede fascinada; cada vez que pasaba por ahi volvia a detenerme unos larguisimos minutos, sabiendo que estaba presenciando algo valiosísimo, ese saber interno, ese extraño placer de contemplar cada vez menos frecuente… (Perdón, pero mis conocimientos de pintura y plastica es la basica y popular) Memoricé su nombre, lo busqué y claro… era un groso, pero la alegria fue: es argentino!!! Gracias por publicar esta nota, gracias maestro por encantar muchachas en medio de la voragine urbana y abducirlas con su arte. vivi san lorenzo